Una mirada sobre el diagnóstico psicopedagógico
Cuando recibimos un nuevo
paciente, y especialmente cuando se trabaja con población vulnerable, es muy
importante realizar una anamnesis (recogida de datos de salud, familiares y
escolares desde el nacimiento a la fecha) lo más completa posible. Para ello es
necesario generar un vínculo de confianza con la familia del niño con el que se
trabajará, ofreciendo una escucha abierta y sin prejuicios. Indagar con
delicadeza respecto de la historia de salud y crianza de ese niño, sobre la
existencia de eventos que puedan resultar significativos (accidentes,
enfermedades, dificultades en la alimentación, situaciones de riesgo,
violencia, etc.) Toda la información que recabemos, formará parte del complejo
rompecabezas que conforma el diagnóstico de ese niño con el que trabajaremos.
Los seres humanos no somos
números ni respuestas estandarizadas. No se puede (ni se debe) pensar que
aplicando una batería de test psicométricos, y analizando una serie de dibujos
y gráficos bajo la luz de técnicas proyectivas, podemos extraer un perfil
cognitivo y emocional de un paciente. Un individuo es su historia vital, sus
experiencias de vida, sus vínculos de apego temprano, la sociedad en la que
nació y se desarrolló, su temperamento, y las oportunidades que su entorno
inmediato y mediato le ofrecieron, además de su sustrato biológico.
No es poco frecuente que un
niño llegue a consulta catalogado como incapaz de aprender, o carente de
ciertas capacidades cognitivas que le permitan escolarizarse adecuadamente.
Si bien es real que muchos
niños tienen dificultades de aprendizaje, eso no implica que estén
incapacitados para aprender. Todos podemos aprender, ¡siempre!. Los ritmos de
aprendizaje pueden variar, la posibilidad de incorporar más o menos datos
académicos puede ser diversa, la conveniencia de una escolaridad convencional o
especial debe ser analizada de acuerdo a cada individuo; lo que no puede ser
puesto en duda es la posibilidad de aprender.
Un gran número de niños
provienen de ambientes con serias carencias económicas y sociales, otros de
hogares donde les faltó afecto o estímulos adecuados, tantos otros se crían en
hogares donde la violencia y el abandono son parte de su realidad cotidiana.
Probablemente un gran porcentaje de estos niños obtengan calificaciones que los
ubiquen como discapacitados intelectuales leves o moderados, pero ¿es este
diagnóstico correcto o les hace justicia? La respuesta, la mayoría de las veces
es: no. Es aquí donde la mirada clínica debe estar más atenta que nunca, la
lectura de la situación debe ir más allá de lo que los números y las pruebas
nos indican, y nuestro trabajo debe convertirse en un hacer artesanal y
comprometido con ese paciente; trabajando sobre esa anamnesis inicial que nos
dará información sumamente valiosa para comenzar a pensar nuestra intervención.
Develar ante ese niño sus posibilidades
reales de aprender, acompañarlo en el proceso de descubrir sus habilidades y
potencialidades, ser soporte y ayuda en ese tránsito por la zona de desarrollo próximo tal como lo
describe Vygotsky[1],
alentar al niño para que se apropie no sólo de los aprendizajes, sino de la
posibilidad de aprender, forman parte de nuestro rol como psicopedagogos. El
trabajo conjunto con la escuela, con su docente y con la familia del niño,
completan la intervención. En la medida en que se derriben etiquetas y se
permita a ese niño desempeñar un nuevo rol, el problema de aprendizaje dejará
de ser un problema, para ser sólo aprendizaje.
Psicopedagoga Beatriz Vallarino.
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